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La caza ayuda a conservar, es oficial

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F.L. Mirones
Hace tiempo que os lo comento aquí ante grandes críticas de algunos: ¿cómo puede usted ser biólogo y decir eso? me espetan, y yo les respondo, precisamente por ello, no doy opiniones personales, me fio de los datos científicos y las realidades de otros continentes en los que estuve muchas veces.

Demasiada gente confunde los hechos con los sentimientos, la verdad con el deseo. Es irrelevante su opinión personal, y la mía; no aporta nada el que le guste a usted muchísimo su gato o su «perrete» (parece que ahora hasta las palabras perro y perra son malas).

Uno ve First Dates, ese programa de TV que me resulta fascinante porque se trata de un experimento antropológico de primer orden) y escucha decir aquello de ¿y te gustan los animales? – si, responde el interfecto – tengo siete gatos. Resulta que confunden mascota con animal salvaje, dos conceptos casi opuestos que siempre fueron muy distantes hasta que la moda nefasta de los habitantes ricos del asfalto resucitó a los viejos totems del Paleolítico: el dios perro, el dios gato…

Pero amar a los animales no es eso, lo es más bien leer desde niño cada libro que cae en tus manos sobre peces, gusanos, insectos o arácnidos. Devorar los documentales de Félix Rodríguez de la Fuente y Jacques-Yves Cousteau hasta el punto de abandonar a tus amigos en medio del partido de fútbol callejero para ir a casa a verlos o gastarte todo tu sueldo infantil en comprarte el semanal cuaderno de campo de Félix. Lo es hacer el bachillerato de ciencias puras, mucho más difícil que el otro y después la carrera de Biológicas pasando por las matemáticas, la física, la bioquímica, la bioestadística y otras muchas durante años con el ansia de llegar a tus queridos animales que se dan al final del último curso. No me hable usted de «amor a los animales» porque tenga dos “perrillas”.

Pero ahora todo el mundo sienta cátedra, y los mascoteros de carencias afectivas evidentes pretenden gestionar la naturaleza, la conservación y hasta la investigación en todo el mundo por encima de biólogos, ingenieros de montes y veterinarios. Hoy el aborrescente de turno o la señora de Boston saben mas que los investigadores de zoología de Nepal porque tienen en su piso a dos o tres cautivos mirando por la ventana y soñando con ser el perro de un cazador que lo saque al campo a hacer lo que le gusta de verdad: acechar, perseguir y matar.

Por fin más de 100 científicos se han atrevido a llevar la contraria con datos a la dictadura de los necios sentimentales. Hemos sido muy pocos durante años los que hemos soportado insultos y boicots por atrevernos a decir la verdad en lugar de callar, como hacen casi todos, para medrar en institutos científicos y medios de comunicación, donde lo que mola es insultar a los humanos y dorar el oído a los mascoteros. Demasiados profesionales viven de eso, conocedores de una verdad que no tienen agallas de contar.

Y luego están los que se auto proclaman «naturalistas» y tratan de destacar radicalizándose para llamar la atención y disimular que se les nota que no pasaron por la física, la zoología de invertebrados ni la ecología de sistemas. Son más animalistas que nadie, y no saben nada de nada. Salvadores del postureo que se hacen fotos con tiburones y delfines con cara de pena y escriben un «no hay derecho» plenos de superioridad, pero que no fueron capaces de matricularse en un solo curso universitario y superarlo. Hay naturalistas de verdad, buenísimos, pero son un 2 % de los que dicen serlo. Ahora todo fotógrafo, camarógrafo, dibujante o técnico es el que más sabe de bichos. Es como con el fútbol o las enfermedades, como si en lugar de ir al médico nos dejáramos recetar por la vecina que siempre conoce todos los remedios.

La caza de trofeos en África y otros lugares de la Tierra es la alternativa menos negativa para los grandes animales a los que amamos. No es cuestión de pena ni sentimientos por un individuo muy guapo fotografiado por alguien, es un asunto de supervivencia.

Nos guste o no, los ingresos que la caza legal, controlada y sostenible genera en estos países permite que áreas descomunales se mantengan salvajes y libres de otros usos destructivos como la agricultura.

Miren, una sabana o bosque tropical donde se caza es eterno, todos las cuidan porque generan ingresos de los cuales que viven sus familias. Si se prohíbe la caza de trofeos no se pueden pagar los guardas e incluso ellos mismos se convierten en furtivos para sobrevivir. Primero desaparecen los animales, después los árboles, y finalmente el suelo se convierte en cultivo de vegetales sin vuelta atrás.

La percepción que se está vendiendo de esta realidad por parte de grupos animalistas y ecologistas radicales de ciudades de otros continentes es errónea. La última vez que los vi, lo que amenazaba y rodeaba a los gorilas de montaña en Uganda no eran los cazadores sino los cultivos de te y soja.

Los animales bonitos mueren como usted y como yo, no son eternos como individuos. Lo que hay que garantizar es que hayan tenido muchos cachorros y estos tengan paisaje para continuar sus vidas. Un ejemplar no es nada, el mascotero quiere a su perro, que tiene nombre, y ha traslocado este sentimiento aberrante a la naturaleza salvaje, que es otra cosa. El león Pepito o el elefante Jeremías no son nada tampoco, en la conservación seria lo que importa es la población y la especie.
Nadie que no entienda esto puede decir que ama a los animales, simplemente porque no sabe nada sobre ellos.

No he cazado en mi vida, no creo que fuera capaz de hacerlo, pero respeto y hasta admiro a los que lo hacen. Los conozco y sé de su amor y pasión. He ido con ellos al campo muchas veces y sé que tengo mas en común con ellos que con una señora de Wisconsin que pasea a su Fifí y le habla.

Por fin se atreven, y yo a usted le pido el favor de que lea y se informe, y no convierta una ciencia en política, opinión o deseo.

Un aullido.

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Redacción Desveda

Redacción periódico digital Desveda #caza #pesca #tirodeportivo #rural #naturaleza

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