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Urge controlar a los predadores

Urge controlar a los predadores

Enero marca al cazador la proximidad del cierre de la temporada cinegética, y son pocos los que no se han aburrido de deambular por las laderas en busca de las cuatro e inaccesibles perdices de siempre. Incluso este año que han criado bien, como antaño.

Un reto al alcance de muy pocos entrarles a tiro si el cazador solo se acompaña del perro, porque al margen del vigor que aportan por esas fechas las perdices, las máquinas se han adueñado de los campos convirtiéndoles en verdaderos eriales dónde no existe un simple perdedero y en muchos un mísero lindero donde poder cobijarse. Un verdadero saqueo el que se ha cometido con sus hábitats.

A pesar de todo no deja de ser curioso que se oigan voces de personas que abogan por una moderación de la presión cinegética. ¿Todavía más? Si hay muchísimos cazadores que durante toda la temporada no han tocado pluma. Animal que osa moverse, o muere envenenado por las pócimas legales o tiene tras de sí un sin fin de predadores alados cuando no un ejército de cuadrúpedos nocturnos. Están acabando con todo lo que corre y vuela, llámese perdices, liebres, conejos, tórtolas o zorzales.

Son muchísimas las zonas, antes con abundante caza, donde abatir un simple animal es algo inédito. No es mi intención desmoralizar a nadie pero si explicar a esta sociedad adormecida en el regusto de un conservacionismo de mojigatería la realidad de una naturaleza que agoniza con su total consentimiento. Debemos abrir los ojos, informarnos, pisar el campo y luego recapacitar sosegadamente.

La caza en si siempre es susceptible de moderarla y controlarla, de hecho así se hace, si cabe hasta por puro egoísmo. Pero lo que no se controla son las decisiones de quienes presumiblemente deberían tener la responsabilidad política de protegerla. Los que si saben cuidarla y quererla como pocos son nuestros mayores. Por eso al contemplar a los cazadores de setenta y más años salir al campo con la escopeta, surge la pregunta ¿En virtud de que causa que no sea justa se puede ejercer una pasión a esos años con tanto orgullo? Y a pesar de todo ha costado lo suyo que los altos prebostes de la política lo entiendan.

No existe control más riguroso para un cazador que el de la propia vida. Ella será la encargada de colgar la vieja escopeta. Aquella en cuyos cañones la falta de pavón dio paso al color blanquecino del acero. La vieja escopeta que tantas vivencias y gratos recuerdos le hiciera pasar junto a su fiel compañero. Son sencillamente nuestros mayores a los que debemos apoyo y respeto. Y que justo es decirlo, en materia de caza son un tachado de bien hacer.

Por todo ello, ¿quién a su propio padre es capaz de quitarle uno de sus últimos deseos máxime cuando son justos? Él sólo dejará la escopeta sigilosamente en el momento justo que sus disparos vayan pregonando su derrota como antes sus triunfos. Entonces la mirará por última vez con sus ojos apagados. Pero no la verá porque se lo impedirán las lágrimas.

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