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El cazador que pescó en los ríos leoneses

El cazador que pescó en los ríos leoneses

El cazador que pescó en los ríos leoneses

El nombre de Miguel Delibes se suele relacionar con el deporte de la caza, sin embargo, la mayor vinculación del escritor vallisoletano con León llegó a través de la pesca, de los ríos leoneses en los que la practicó

Ahora se cumplen diez años de la muerte de un grande de nuestras letras, Miguel Delibes, recordado asimismo por su pasión por la naturaleza y su afición a la caza.

Pero también era aficionado a la pesca, lo dejó escrito en otro de sus libros de referencia, ‘Mis amigas las truchas’, y es precisamente a través de la pesca por la que el escritor vallisoletano tuvo más relación con León. En el libro citado solamente hay un capítulo con un nombre propio en el título, es el de Paulino, el guarda del coto de El Castillo y al que él llama Paulino el de Omaña, y el hombre que acompañaba muchas veces a Delibes en sus jornadas de pesca. Aún se acuerda el leonés de él:«Después de aquella vez, de la que habla en el artículo, volvió varias veces más, quería aprender y le gustaba discutir de las cosas que yo le decía, aunque tenía que acabar dándome la razón, como cuando le dije que si la sapina entra en el agua se acobardan las truchas y se esconden y él se reía y preguntaba: ‘ ¿Que los sapos copulando acobardan a las truchas?, pero Paulino’. Varios años después estaba pescando en el Rudrón y no veía ni una trucha cuando reparó en que estaban los sapos desovando. Entonces lo escribió: ¡ya me lo había dicho Paulino! y no le quería creer».

Y contaba otro detalle del escritor: «Mientras pescaba la gustaba canturrear canciones castellanas viejas».Habla Delibes en otros capítulos del libro de sitios como La Venta del Remellán y en diversos artículos publicados en periódicos y revistas fijó su pluma en los famosos gallos de pluma de La Vecilla, que sitúa cerca de Boñar por ubicar a los lectores y también es conocido un viejo reportaje periodístico en el curso del Sil, titulado ‘Las oreanas del Sil’ , publicado en La Vanguardia en 1986 y en el que habla de las buscadoras de oro.

«Nuevamente tercia Ovidio Alejandre, con su afán puntilloso, clarificador. Según él es imposible calcular la cantidad de oro que extrajeron las oreanas del Sil en los últimos treinta años de actividad, pero fuera de este río, apenas si encontraron algo en el Cúa, en Villafranca del Bierzo…». Y cuando se cumplen diez años de su muerte sería imperdonable que una revista de literatura no recordará a Miguel Delibes. No cae en ese error Epicuro, que dirige el leonés Aurelio Loureriro, y entre las numerosas miradas que ofrece sobre la vida y la obra del vallisoletana no podía faltar una sobre el pescador y literato, de la mano de dos escritores leoneses que, además, son reconocidos aficionados a la pesca: Antonio Manilla y Pablo Andrés Escapa, quienes abordan la faceta deportiva y la literaria de Delibes.

Loureiro se fija en su texto en la relación entre Delibes y la naturaleza para destacar, entre otros aspectos, su faceta de visionario de lo que se nos venía encima: «No le fue fácil a Delibes despojarse de la aureola que quisieron dibujarle de escritor de campo, quizá porque nunca quiso borrar dicha aureola sino reforzarla y expresarse a través de ella. Tampoco le hizo falta acudir a la ciencia ficción para predecir muchos de los problemas que tendríamos en nuestra relación con la naturaleza: el cambio climático, la desertización del campo, la aglomeración en las ciudades con su repercusión en la capa de ozono, la España deshabitada…».

El lacianiego Pablo Andrés Escapa titula su artículo ‘Delibes, un pescador que escribe’, en el que se fija en el ya repetido título sobre las truchas: «No es mucho atrevimiento decir que hay media docena de libros de Delibes que le han importado menos a la crítica literaria que a un determinado grupo social de lectores que ven en esas páginas una prolongación de sus pasiones deportivas más vitales: la caza y la pesca. De entre este grupo de títulos me atrevo a calcular que Mis amigas las truchas, siquiera porque en España ha habido históricamente mayor número de cazadores que de pescadores, se alza con el pírrico mérito de ser el libro de Miguel Delibes más intensamente leído por un menor número de personas».

Era el propio Delibes quien se definió como «un cazador que escribe y no al revés» y reflexiona Pablo Andrés Escapa sobre la gratitud del escritor con el mundo rural. «Soy un cazador que escribe» –y no al revés–, solía disculparse. Debemos entender, pues, que la deuda con esa pasión es tal que contamina su escritura. Y aún dejó dicho, con una generosidad a la que cabe atribuirle más gratitud que modestia impostada, que había aprendido lengua española conversando con la gente que encontraba en sus excursiones con la caña y la escopeta. Es decir, que sin salir de pesca o sin haber cazado como lo hizo, la obra de Delibes no sería la misma ni siquiera formalmente. ‘Los hombres de mi pasta necesitamos refugiarnos en el monte o en el río al menos una vez por semana para conservar eso que llaman equilibrio vital’».

El otro escritor que recuerda a Delibes en Epicuro es Antonio Manilla, pescador del Torío, quien recuerda que «se aficionó a la pesca de la trucha al día siguiente de su boda, viendo extraer una captura en el santanderino río Besaya, a la tardía edad de veintiséis años» por lo que cuando publica la repetida ‘Mis amigas las truchas’ ya lleva 20 años practicando la pesca pero, añade, «en el fondo sigue siendo un cazador que escucha en el sotobosque el canto de la perdiz, ve alzarse en lontananza el vuelo de unas prudentes calandrias o intuye al abrigaño de la espesura las andanzas primaverales de los asustadizos corzos. En estos apuntes del ‘block de un pescador de ribera’ (1972 a 1976) nuestro autor se muestra partidario firme del lance ligero, la técnica de pesca activa en la que no prima la paciencia del esperar sino la provocación: en vez de ‘aprovechar el hambre’, se explota ‘el instinto cazador’ de los peces». Incide también Manilla en que «de igual manera que ocurre en su narrativa de ficción, Delibes se muestra tan sensible al paisaje como a las palabras de sus interlocutores (…) se suman las inquietudes del hombre de campo, la conciencia crítica que ve como se suman afrentas a un entorno rural que de alguna manera hay que afrontar, ante los embates del progreso tecnológico, pues se está perdiendo la libertad hasta en el campo».

Fuente. lanuevacronica.com

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Redacción Desveda

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