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¿Te indigna que los ricos cacen elefantes? A esta ecologista africana, no tanto

¿Te indigna que los ricos cacen elefantes? A esta ecologista africana, no tanto

¿Te indigna que los ricos cacen elefantes? A esta ecologista africana, no tanto

Cada vez que un famoso se retrata con un trofeo de caza, el escándalo está asegurado. Para esta conservacionista, es el único recurso de algunas aldeas. «La gente tiene que tener para comer»

Las fotos siempre son un escándalo que acaparan miles de clics y arengas en redes sociales. A veces, incluso hacen tambalear instituciones que parecían más que fundamentadas. Un personaje pudiente, ataviado con algún tipo de prenda color caqui y un sombrero de explorador, sonríe abrazando una escopeta de caza junto a su «pieza de trofeo». Normalmente un elefante, pero también un león o alguna una jirafa. Para poder abatir y posar junto a su víctima han tenido que pagar una cuantiosa tasa. El escándalo está servido, y ha afectado a personajes desde el hijo del presidente estadounidense, Donald Trump Jr., hasta el rey emérito de España, Juan Carlos I.

Sin embargo, con los pies sobre el terreno y mirando a los ojos a comunidades locales que no tienen forma de subsistir, la cuestión se ve quizá con más pragmatismo.»[Cuando se publican ese tipo de fotos] es algo demasiado sensacionalista. Hay que contar todo lo que rodea [a la caza de trofeos], porque en algunos de estos lugares que ofrecen concesiones de caza, es básicamente su único recurso», expone la conservacionista keniana Alice Macharia, quien trabaja desde hace algo más de una década en el Instituto Jane Goodall (IJG) para la conservación de los chimpancés. «Algunas comunidades de hecho salen beneficiadas por este tipo de recursos. Si se gestiona bien, el dinero va directamente a esas comunidades y las ayudan con su desarrollo en educación, acceso al agua…», agrega.

Porque si hay una cosa que hasta la mismísima Jane Goodall -la ‘Juana de Arco’ de los chimpancés- sostiene tras años luchando por estos animales al borde de la extinción, es que no se puede proteger a estas especies sin proteger también a las comunidades que viven junto a ellas. No solo porque su cooperación es clave, sino porque no se les puede pedir que antepongan el bienestar de un animal al de personas que, por ejemplo, no tienen acceso a agua corriente o dependen del exiguo fruto de sus cultivos para sobrevivir.

«No es una cosa o la otra. Porque las personas que queremos que prosperen viven también en este ecosistema, con los animales. Estamos integrados. Protegemos los parques, los animales… Pero también tenemos que asegurarnos de que la gente tiene suficiente para comer», sostiene Macharia, vicepresidenta de los programas para África del Instituto Jane Goodall, en entrevista con El Confidencial en Madrid en el marco de los Premios a la Conservación de la Biodiversidad de la Fundación BBVA.

El caso de la «caza de trofeos»; tan vilipendiada en Occidente, puede verse con otros ojos. «Si la ‘trophy hunting’ (caza de trofeos) se hace correctamente; es decir, si se ha estudiado una población de animales concreta y se ha determinado que, cuando se supera un número de individuos [especímenes de la comunidad] se generará mucho conflicto humanos-vida silvestre, y si esos ingresos repercuten en el desarrollo de las comunidades…», enumera la conservadora quien, personalmente, está en contra de la caza de animales. Y puntualiza: «Pero tiene que hacerse de una forma muy, muy localizada y cuando hay superabundancia de esos animales».

«Es importante cambiar el foco [de la caza, del turismo de animales], pero los ingresos tienen que estar ahí, porque la gente tiene que tener recursos para desarrollarse». “Tenemos que asegurarnos de que la población local prospere y sea exitosa pero en equilibrio con el medio ambiente”, añade.

¿Monetización de las especies?

Por supuesto, la «caza de trofeos» no es la respuesta ideal. Tampoco el turismo de ‘safari’ de animales, que atrae cada año a millones de extranjeros principalmente en Tanzania, con sus grandes circuitos como el del Serengeti, Kenia, con su renombrado Masai Mara, o Sudáfrica, con su Parque Kruger; pero también otros como Zimbabue o Uganda. Este último está precisamente monetizando a sus gorilas, cobrando hasta 600 dólares (en 2020 serán 700) por entrar en sus parques nacionales y echar un vistazo a la ‘vida íntima’ de estos primates. La vecina Ruanda cobra 1.500 dólares.

En el caso de los chimpancés, de manera similar a los gorilas, hay un elemento extra: al ser nuestros «parientes» más cercanos, los humanos somos susceptibles a enfermedades que puedan transmitir en caso de un contacto demasiado cercano. Las cuotas de visitantes tienen que ser muy bajas, teniendo en cuenta además que ese tipo de turismo no afecte a su bienestar.

«La monetización de las especies tiene que ser muy contextualizada y localizada. El turismo es una posibilidad, pero tenemos que ver qué más podemos hacer», sostiene Macharia.

Es por eso que desde el Instituto Jane Goodall han buscado otras opciones de desarrollo sostenible para estas comunidades que, al final, terminan favoreciendo los esfuerzos de conservación tanto de los chimpancés como de los bosques que son sus hábitats. Para ello, han establecido mecanismos de diálogo con las comunidades locales, para asegurarse de que participan en los esfuerzos de conservación y sean incluidos en los procesos de toma de decisiones desde el principio, y que no sientan que les vienen impuestas. Es clave que las comunidades sientan como suyos los chimpancés y los bosques, defiende el enfoque del Instituto Goodall.

«Trabajamos en colaboración para asegurarnos que todos nosotros somos felices, pero que también lo son los chimpancés, porque son parte del ecosistema», explica Macharia. «Es un camino lento, hacer entender a las comunidades que todos tenemos un rol que cumplir, ellos incluidos. Si los chimpancés estaban en esos bosques, ellos tienen derecho a estar en esos bosques, tener un espacio seguro y acceder a los recursos».

Monitores forestales voluntarios

En Tanzania, en la zona del parque nacional de Gombe, el IJG ha conseguido crear una red de monitores forestales, voluntarios de esas aldeas que se internan en el bosque cada cierto tiempo para comprobar el estado de sus comunidades de chimpancés y de los recursos naturales. Además, potencian que las familias -con enfoque especial en las mujeres- emprendan negocios que reduzcan el impacto en el bosque. ¿Un ejemplo? Colocar colmenas en el bosque, cuya miel podrá ser después comercializada. También se le han ofrecido mejores tecnologías para el aprovechamiento de terrenos para la agricultura (sin necesidad de ‘ganarle terreno’ a la selva) y otras tecnologías de irrigación y gestión del agua.

Este trabajo ha sido reconocido en la XIV edición de los Premios a la Conservación de la Biodiversidad, entregados el viernes pasado por la Fundación BBVA en Madrid. Alice Macharia recibió el galardón en nombre de Jane Goodall, por su «dilatada trayectoria y gran impacto global en la conservación de la biodiversidad, en particupar de los chimpancés y sus ecosistemas en Tanzania, con un enfoque pionero, involucrando a las comunidades locales».

Aumento de la población

Pero estos esfuerzos corren contra reloj contra dos realidades: el aumento de la población y el cambio climático. La población está creciendo, pero la tierra sigue siendo la misma. Las granjas y cultivos están cada vez más cerca de las lindes del bosque y en algunas zonas empiezan a ser habituales los conflictos humanos-naturaleza. Por ejemplo: una familia tiene sus cultivos, sus mangos, y un chimpancé aprovecha un descuido para hacerse con un botín en fruta que el campesino confiaba en vender y obtener algunos ingresos.

¿Cómo evitar que la reacción instintiva de esas comunidades sea matar a ese chimpancé? Con educación, reduciendo las interacciones entre la gente y la fauna y, también, con la creación de un fondo de compensación para campesinos, que ofrece a los damnificados una compensación económica. Lo especial de este fondo, explica Macharia, es que el monto viene de unas cuotas comunales, por los que son las propias aldeas las que lo gestionan.

Por otro lado, ante el aumento de la población, el IJG ha encontrado un curioso aliado en las técnicas de planificación familiar. «Hemos visto que las mujeres -que son las que aran la tierra, trabajan en los bosques- están buscando espaciar a sus hijos. Lo que queremos es que estas mujeres que estén interesadas tengan información y acceso a métodos de planificación familiar».

En cuanto al cambio climático, «es un factor que contribuye» a amplificar el impacto de otras amenazas directas a los chimpancés, sostiene Macharia, quien apunta a la tala masiva de árboles, tanto para la industria maderera como para la agricultura extensiva o el desarrollo de carreteras como «las grandes amenazas que están pasando a través de África, desde Tanzania a la costa oeste de Senegal».

Pagar por no explotar sus bosques

Pero precisamente algunos países africanos -o latinoamericanos como Brasil- sostienen que la explotación de sus bosques es necesaria para continuar con su desarrollo económico e industrial. ¿Cómo impedir que la protección de esos recursos mundiales, como las selvas tropicales, detenga el desarrollo de estos países? Algunas iniciativas han puesto sobre la mesa la posibilidad de que los países occidentales, que en su día se ‘comieron’ los bosques, paguen a países africanos para proteger sus recursos sin explotar.

Es el caso de Gabón, que recibirá en los próximos 10 años un total de 150 millones de dólares -con Noruega como la principal donante- a cambio de mantener al menos el 98% de su selva tropical. En 2014, Noruega firmó un acuerdo similar con Liberia.

«Es una buena idea», opina Macharia, «siempre que los fondos que les estén pagando [a los países africanos] sean realmente utilizados para proteger esos recursos o realmente mejorar los medios de vida de la gente».

Fuente. El Confidencial

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Redacción Desveda

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