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Reflexiones invernales sobre la caza

Reflexiones invernales sobre la caza

Reflexiones invernales sobre la caza

«Todo se fragua en invierno, en esas noches de helada y madrugadas de escarcha, que pintan de blanco el suelo, brillando como diamantes las gotitas diminutas al amanecer»

Quiero comenzar estas líneas con el recuerdo de mi amigo Patxi Andión, que nos ha dejado recientemente. Un recuerdo que quedará prendido entre los robles de Riaza, o los pinares y chaparrales de Soria o Guadalajara, donde tuve la fortuna de conocerle y compartir con él esos buenos momentos, de frío y nieve, de jabalíes esquivos y hogueras serranas difuminadas por la nevada, esperando entre dos luces algún podenco perdido.

Queda también tu voz, Patxi, y la poesía que desprenden las letras de tus canciones. No somos pocos los que te recordaremos siempre. Quedas entre nosotros, tus amigos y compañeros cazadores.

El comienzo del invierno coincide con la lotería de Navidad –al fin y al cabo un juego de ilusiones y decepciones– y el comienzo del invierno se me antoja que tiene un cierto parecido.

Concluido el otoño –para mí la estación más bella del año–, ya en diciembre en el campo se nota un «algo» especial, algo que cambia. Si os detenéis a mirar las ramas desnudas de los almendros o los cerezos, veréis que las yemas de sus futuras flores y hojas se perciben claramente, han crecido, ya no es la estampa como retorcida y esquelética que tenían no hace mucho. Y si al salir al campo escucháis, seguramente advertiréis el canto de algún zorzal charlo o el de algún mirlo, haciéndose notar, posados en lo alto de algún árbol, traído y llevado su trino por el aire helado del inminente invierno.

Ciclo vital de la Naturaleza

Comienza el invierno, sí, y comienza el nuevo año, y con él el nuevo ciclo vital de la Naturaleza (sí, con mayúscula). En nuestros encinares la montanera, si ha sido buena, ha dejado el suelo lleno de bellotas que los jabalíes buscarán ávidos, al igual que toda la fauna silvestre, desde los venados hasta las mismas perdices, que si la bellota no es gorda también la tragan; y no digamos las palomas torcaces, que uno no sabe cómo hacen para tragar algunas, de grandes que son, y llenar el buche al colmo.

Porque, al contrario de lo que se pudiera pensar, no es el invierno una estación estéril, de silencios y resguardos, no es un paréntesis de espera paciente a que pase la borrasca (por favor, sin «nombrecitos»). No, el invierno es el inicio, es la época de la siembra que traerá la futura cosecha, de la poda que vigorizará los árboles, de que los días empiecen a alargarse restando horas a la noche, de que las hembras de las distintas especies silvestres consoliden y avancen la gestación de sus futuras crías, de que la nieve se acumule en las sierras para alimentar después el fluir de los arroyos.

El jabalí tuvo su celo no hace mucho, en noviembre –aunque él aproveche cualquier tiempo, siempre que alguna hembra salga alta y esté receptiva–; los venados dejaron atrás la berrea; y, en fin, el celo quedó lejos, mucho más el de los corzos, allá por julio, y el «rebote» de septiembre (que para mí, humildemente, confieso que tiene muy poco de falso, como se suele decir).

Supone además el invierno una prueba de selección natural para los distintos animales salvajes, porque sin duda sus rigores son una criba que puede eliminar a los más débiles, y eso en la Naturaleza es garantizar la biodiversidad y la idoneidad de las especies. La dificultad de encontrar alimento; la sabiduría para sortear los rigores invernales y librarse de los depredadores –entre los cuales está por supuesto el vilipendiado Homo sapiens–; la experiencia para encontrar cobijo y protegerse, transmitiendo todo eso, además, a los ejemplares más jóvenes, forma parte de lo que podríamos llamar la escuela natural, con la que el propio campo garantiza la salud y prosperidad de las distintas especies que lo habitan.

Así que ya ves –lector–, todo se fragua en invierno, en esas noches de helada y madrugadas de escarcha, que pintan de blanco el suelo, brillando como diamantes las gotitas diminutas cuando, al amanecer, el Sol quiere derretirlas, quedando solo la escarcha cobijada bajo las encinas o las jaras más frondosas. Sí… todo se fragua en invierno. Las perdices ahora vuelan con un brío especial, bien distinto del vuelo de octubre, y al llegar la noche se arroparán unas junto a otras, al abrigo de alguna mata de tomillo, romero o jara, en la que a la mañana siguiente quedará un típico corrillo de deyecciones redonditas mitad verde mitad blancas, bien distintas de las de las palomas torcaces, que ¡Dios bendito, cómo cagan!; y ahora que han colonizado las ciudades bien lo saben algunos propietarios de automóvil cuando lo aparcan durante la noche bajo el dormidero de alguna.

A mí, como amante empedernido de la caza de jabalíes a la espera, el invierno me trae a la memoria muchas noches de Luna en el mes de enero… Sí, no sé qué tiene la Luna en enero que parece que brilla más, que llena el campo de silencio, y extiende su luz, mezclada con la helada nocturna, cuando la tierra cruje a causa del intenso frío que la contrae y endurece, confundiéndose a veces esos crujidos con la pisada furtiva del jabalí que se nos aproxima; cuando nuestro aliento exhala un vaho blanco y cálido, que en ocasiones nos sirve para ver la dirección del aire y saber si lo tenemos bien o en el cogote. ¡Noches de enero! Al regresar, pasado el aguardo, al cobijo de la casa y arrimarnos a la lumbre, nos dejamos llevar por el chisporroteo de la leña incandescente, con el fuego jugando en el interior de las ascuas, dejando escapar alguna breve llamarada que se esfuma en el aire al mismo tiempo que nuestros pensamientos. La caza no es –no puede ni debe ser– una simple afición; si en eso la dejamos nos quedaremos cortos y no sabremos defenderla, ahora que tanto se nos ataca a los cazadores. La caza debe ser una especie de pasión, algo natural que emane de nuestro interior, permitiendo que surja el instinto que todos en principio deberíamos conservar, pero que la «domesticación» urbana y civilizadora ha casi erradicado en buena parte de nuestra especie humana.

Llamada a la prudencia

Pero los que conservamos ese instinto, esa pasión por la caza, es ahora, en estos días de invierno, cuando nos echamos al monte con toda la ilusión de hallar la soledad del campo, de sentirnos parte del monte aunque solo sea por unos instantes. Caza menor y mayor es ahora cuando más nos tiene ocupados a los cazadores, con monterías, aguardos y recechos, con las manos a las perdices que ponen a prueba nuestras piernas, o las madrugadas heladoras para poder tirar anátidas, que ahora lucen su más bello plumaje; la caza es en un alto grado una actividad invernal.

Y a mí me gustaría, con estas líneas, que no pretenden ser más que un comentario para nosotros los cazadores y algún otro lector que, sin serlo, sienta la curiosidad de conocernos un poco; me gustaría –digo– hacer una llamada especial a algo tan de sentido común como es la prudencia. Estamos, por así decir, en pleno apogeo de la temporada de caza, y somos muchos los que salimos al campo; noticias como las que a veces se producen –hace bien poco en Valdemanco–, con resultados fatales, son evitables en su mayoría si se respetan una serie de normas elementales y hábitos obligados que todo cazador debe conocer y respetar de manera estricta. Hagámoslo con absoluto rigor; aquí no valen excusas. ( Reglas de oro para evitar accidentes en la caza)

Parece que este mes de enero tendremos eclipse de Luna; los jabalíes acusan estos eventos lunares igual que los cambios de tiempo, que prevén con exactitud de expertos meteorólogos. Yo, esa noche, espero poder estar en el monte, aguardando a algún viejo macareno, y disfrutar de la sombra de nuestro planeta Tierra –el planeta azul que decía mi amigo y maestro Félix Rodríguez de la Fuente– ocultando la faz blanca de la Luna; y si en ese momento de oscuridad «me la juega el jabalí», vaya con Dios y quede para otra espera, que tiempo habrá, y aunque me vaya de vacío mi aguardo no habrá sido en vano.

Fuente. ABC

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Redacción Desveda

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