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La caza de corzas es necesaria para controlar la ‘larva de las narices’

La caza de corzas es necesaria para controlar la ‘larva de las narices’

La caza de corzas  es necesaria para controlar la ‘larva de las narices’. Aunque las poblaciones están disminuyendo, los expertos recomiendan mantener la caza de estos ungulados pero reduciendo el número de machos abatido

Aunque la reducción de ejemplares de corzo provocada por la ‘larva de las narices’ o miasis es una evidencia que incide en las poblaciones de esta especie, sobre todo en la zona cantábrica, el zoólogo e integrante de la junta directiva de la Asociación del Corzo Español y responsable de Aran Servicios Medioambientales, Florencio Markina, considera “fundamental” mantener la caza de estos cérvidos, aunque cree necesario que las piezas abatidas sean corzas.

La razón que esgrime Markina está justificada en que la presión cinegética ha incidido sobre todo “en los machos, por su mayor interés trofeístico, y no se ha hecho caso de las hembras, que son las que están más parasitadas”. De hecho, considera que se mantienen los ejemplares más débiles debido a que el debilitamiento de las hembras está motivado por que “pasan un período del año inmunodeprimidas, el correspondiente a la época del parto y de la lactancia”.

La ‘larva de las narices’ del corzo es una enfermedad provocada por el ‘cephenemyia stimulator’, nombre científico del gusano de un insecto de la familia de los tábanos, “que no mata por sí mismo”, según subraya Markina, sino que debilita al animal. “Esta mosca parásita de los corzos y corzas se introduce en las fosas nasales de los animales, pone sus huevos en la nariz del animal, donde se desarrollan las larvas que bajan hasta la garganta y tras pasar varias fases larvarias salen al exterior, para completar el ciclo”, explica el zoólogo.

Aunque la presencia de esa larva provoca miasis en vías aéreas, no es la única razón que ha hecho incrementar los índices de mortalidad de los corzos, sobre todo en la mitad norte peninsular. “Lo que está matando a los corzos es la suma de una serie de parásitos como el ‘sarcocystis’, un parásito protozoario intracelular, y de los nematodos o lombrices intestinales”, aspectos a los que apunta como responsables directos de que hayan diezmado las poblaciones.

Hembras débiles

Junto a las cuestiones parasitarias Markina apunta a la sobre densidad y el desequilibrio en la razón de sexos como otras razones propicias para la afección de las poblaciones de corzos, que puede situarse entre el 40 y el 50% de los ejemplares existentes en el Estado español. “La propia debilidad de las corzas hace que aquellas que cuentan con pocos recursos no sean capaces de sacar corcinos adelante”, asegura.

El porcentaje de afección puede ser algo mayor en Euskadi que en otras zonas del Estado español, sobre todo en Gipuzkoa, Bizkaia y el norte de Araba, ya que la franja cantábrica es “más propicia para el desarrollo de la enfermedad debido a que hay más humedad”.

Tras apuntar que “las poblaciones de corzos están cayendo de forma ostensible, Markina aventura que “van a decrecer aún mucho más”. A pesar de este hecho supone la autorregulación de estos ungulados, lo que sucede en realidad es que “las autorregulaciones de la naturaleza no son automáticas y en lugar de situarse en los niveles que nos gustaría, puede provocar la desaparición de los corzos”.

Una de las conclusiones que extrae el experto sobre la situación actual es que “los corzos no están tan sanos como se creía”. A ello añade el desajuste de la densidad que le lleva a exponer abiertamente la necesidad de “regular esas poblaciones mediante una caza racional y equilibrada”, ya que se está comprobando que, en muchos casos, “sus predadores naturales no son capaces de hacer una regulación efectiva”.

Origen en Dinamarca

La presencia de la ‘larva de las narices’ comenzó a evidenciarse “hace unos 15 años, después de que se manifestase en una corza que llegó a Ciudad Real procedente de Francia”, señala Markina, y se agravó con las posteriores llegadas de nuevos ejemplares. “Hasta entonces no había pasado los Pirineos, aunque su presencia ya se conocía en otros países europeos a los que se expandió desde Dinamarca, donde fue detectado por primera vez a mediados del siglo XX”.

Ante la inexistencia del parásito en la Península ibérica “los corzos de aquí no estaban inmunizados, con lo que se propagó con cierta rapidez”, según Markina, quien alude a algunas investigaciones que parecen indicar que estos ungulados “llegan a desarrollar anticuerpos que dificultan el desarrolla de las larvas de ‘cephenemyia stimulator’. Sin esa defensa

 

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Redacción Desveda

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