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“CAZAR NO ES ASESINAR” por Montxo Aguirrezabal

“CAZAR NO ES ASESINAR” por Montxo Aguirrezabal

Durante las últimas décadas la opinión pública ha comenzado a estigmatizar al  colectivo de cazadores, a los que algunos catalogan gratuitamente de asesinos. Parece ser que para muchos un cazador es una persona que se dedica a pasar el rato matando animales a diestro y siniestro, disfrutando con cada disparo.

Si en años de penuria la caza era ante todo un recurso de pura supervivencia hoy se ha convertido en una práctica deportiva que, aunque a muchos les duela reconocerlo, conlleva una importante función socioeconómica puesto que los cazadores son los más eficaces controladores de algunas poblaciones cinegéticas que están aumentando progresivamente.

La explosión demográfica de ciervos, corzos y jabalíes está originando una grave problemática de daños agrícolas, forestales y accidentes de tráfico que ocasionan importantes pérdidas económicas en el medio rural y afectan negativamente a la seguridad vial. Conviene recordar que en Álava se produce  un siniestro diario por colisión de vehículos contra especies cinegéticas en los que también se originan esporádicamente lesiones personales.

El abandono del medio rural, el incremento de la superficie forestal o la fácil disponibilidad de alimento durante todo el año, proporcionado por una agricultura variada y productiva, son algunos de los factores que están favoreciendo el incremento de estas especies.

En Álava las poblaciones estimadas de ciervos, corzos y jabalíes ronda los 18.000 ejemplares de los que anualmente los cazadores capturan unos 3.500 mientras que otros 370 son atropellados en nuestras carreteras.

Con estos datos es obvio que la actividad cinegética constituye actualmente la única forma de control de estas especies, a falta de las que deberían actuar como sus depredadores naturales como osos, lobos o águilas reales, entre otras.

Ya sé que con esta argumentación  alguien va a pensar rápidamente que lo que hay que hacer es recuperar los osos y los lobos que poblaban hace más de cien años nuestros montes. Totalmente de acuerdo pero, entonces, vamos todos a ser tan austeros y sostenibles como nuestros tatarabuelos y a pensar en menos autopistas, autovías y repetidores. Y, si somos verdaderamente proteccionistas, también en un menor uso público de la naturaleza para que osos y lobos recuperen la tranquilidad y aumenten sus poblaciones. Vamos a dar marcha atrás y, al igual que hace un siglo, dejemos el uso del medio natural únicamente a forestalistas, agricultores y ganaderos. Es decir, menos GRs, PRs y rutas BTT y más vida urbana.    

Durante la temporada de caza mayor rara es la jornada en la que no se produce alguna incidencia dialéctica entre aficionados que están realizando alguna batida de caza y montañeros, excursionistas o seteros en la que no faltan descalificaciones e incluso insultos hacia el colectivo cazador.

En este sentido conviene recordar que, guste o disguste, la práctica cinegética es una actividad legal que, además y lo más importante, permite el control de especies cinegéticas que suponen un importante riesgo para las repoblaciones forestales, las producciones agroganaderas y la circulación vial, sin olvidar que además constituyen un gran reservorio de numerosas enfermedades víricas, bacterianas y parasitarias.

Sin temor a exagerar se puede afirmar que la prohibición de la caza originaría en muy pocos meses un brutal incremento de los accidentes de circulación y de los daños a cultivos agrícolas, ganaderos y forestales.

Como la naturaleza es mucho más sabia que el mal llamado Homo sapiens ya está adoptando, eso sí a su manera, medidas de autocontrol de estas especies. Así, desde hace algunos años han comenzado a aparecer en corzos procesos parasitarios directamente derivados del exceso de animales en busca de la autorregulación poblacional. Tampoco está de más conocer que las tasas de tuberculosis en el jabalí – ojo que estamos hablando de una zoonosis; es decir de una enfermedad transmisible a los humanos – alcanza en algunas zonas del sur de España al 50 % de su población, lo que podría constituir una bomba sanitaria de difícil control si no fuera por la caza.  

Todos somos personas y a nadie le gusta ver cómo un animal es abatido mediante un disparo porque la sangre es muy llamativa. Mucho más que la savia de una lechuga que, aunque algunos lo olvidan, también es un ser vivo y muere cuando se arranca de la tierra. Pero claro, la savia no es roja y la lechuga no sale corriendo delante del cuchillo del hortelano.

Es cierto que en el mundo cinegético hay furtivos, malos cazadores y meros escopeteros que denigran y avergüenzan al colectivo. Pero también hay conductores que no respetan las normas de tráfico, montañeros que dejan su basura en cualquier lugar del monte y hasta falsos ecologistas que, parapetados detrás de la bandera proanimalista, llevan décadas viviendo del cuento, a cuenta de las subvenciones públicas.          

Está más que demostrado, científicamente, que una caza sostenible en absoluto es negativa para las especies cinegéticas. Al igual que en el mundo de la economía, una caza equilibrada se basa en la conservación del capital cinegético aprovechando única y ordenadamente el interés, es decir la producción, con unos firmes criterios de planificación y ordenación cinegética. Y para esto hoy en día disponemos en Álava de herramientas como los planes de ordenación y seguimiento cinegético, elaborados por técnicos especializados, que permiten radiografiar la situación de los cotos de caza para poder establecer los correspondientes cupos de capturas, acordes con el estado de cada una de las especies cazables.  

José Ramón Aguirrezábal Sanz

 Veterinario

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