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DESCASTE DE CONEJOS

DESCASTE DE CONEJOS

Existe una modalidad de caza poco conocida, quizás con no mucho sabor cinegético, pero que de alguna forma aporta muy buenos resultados en aquellos terrenos donde se pretenda efectuar descastes de conejos o regular las siempre problemáticas poblaciones de la grey conejil. Se trata de la caza de conejos cuando al amanecer retornan a las madrigueras. Los novatos, y muchos también de aquellos que sin serlos están ya en plena pérdida de facultades, encuentran en este procedimiento de caza a la espera, justificación suficiente para poder ejercerlo. Conviene estar en el puesto media hora antes del amanecer ya que los conejos, como se sabe, han empleado las horas de la noche para abarrotar de comida sus insaciables estómagos, pastando en los llanos de las proximidades del monte. Con las primeras señales de la aurora, emprenderán la marcha hacia los lugares próximos a sus madrigueras, con el objeto de encamarse en los alrededores y poder hacer frente, con toda comodidad, a las siempre molestas narices de un pointer o un setter. Con todas las precauciones que los conejos ponen en sus actos, conocedores por instinto de la implacable persecución de que son objeto, van los conejos paso a paso, dirigiéndose al monte por trilladas veredas, siempre las mismas. Estas veredas de trecho en trecho tienen matas y accidentes del terreno, donde poder ocultarse para ya, desde ellos, como más seguros puestos de observación cerciorarse de que el camino está libre de enemigos. Es admirable de cómo éste animal, que apenas puede servirse de su órganos de visión, pueda presentir la proximidad del hombre desde considerable distancia, valiéndose únicamente del excelente oído que como compensación le ha dotado la naturaleza. Tiene tan desarrollado este sentido que muchas veces un conejo se da cuenta de que es acechado aún estando el cazador favoreciéndose por el aire, simplemente por tragar el cazador un poco bruscamente la saliva o por un exagerado movimiento respiratorio. De todas formas es muy corriente que cuando la esperada luz del crepúsculo hace posible la distinción de los objetos que estaban oscuros, encontrarse el soñoliento cazador sorprendido por la presencia de uno de estos apreciables roedores que al lado de una piedra, y a una distancia a veces no menor de seis u ocho metros, observa con inquietud alguna rareza en su camino.

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