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7-XI-2021. LIEBRE ADORMILADA Y LIEBRE SUPERSÓNICA

7-XI-2021. LIEBRE ADORMILADA Y LIEBRE SUPERSÓNICA

Parecido a lo que lleva pasando con las palomas desde Octubre cada vez que subo a Trabakua, que no comparece ningún bando, a pesar del tiempo supuestamente propicio de viento sur, ayer domingo, después de las diez y media que abatí la primera de las sendas liebres arrancadas contra pronóstico, -para hacer bueno el dicho-, hubo un parón de especies cinegéticas que duró hasta casi las catorce horas.

Luego, empezaron a suceder cosas muy extrañas. De repente, y en mitad de una extensa y diáfana finca, una familia de siete corzos vino hacia mí desde lejos, sin que la presencia de Mambo ni la mía les intimidarán. Cruzaron delante a diez metros. Madre y cinco hijos con el macho de buenas astas, incluido. Lo curioso del asunto es que el campo estaba vacío de gente y llevaba viéndolos acercarse al trote buen rato. Igual que ellos a mí, salvo que fueran ciegos genéticos. Ver para creer.

No terminó ahí la cosa. Era en los bajos de Aliud, el pueblo judío. Un lugar que, a buen seguro, habría sido pateado por media docena de cazadores durante la mañana, y al que yo llegué al final de la misma por el simple motivo de estar deshecho de las caminatas previas, y resistirme a irme a casa infeliz sin perdiz. Es el típico careo al que recurren cuando se les atiza arriba en los altos de la ermita de San Nicolás.

Tenía la esperanza de dar con alguna huida, cual he comprobado muchas veces. Así sería en esta ocasión también. Pero antes, y para sorpresa mía, seguido del episodio de los corzos, continuaron los acontecimientos raros, cuando me animé a proseguir la tunda, pese al matacabras que arreaba de lo lindo, y opté por revisar la última pequeña hondonada que precede a la carretera de Aliud a Cabrejas.

Por el cansancio, en contra de lo que acostumbro a hacer, abordé el paraje por abajo. De haberlo hecho como requiere, habría podido disparar con ciertas garantías a la liebre supersónica que, recordándome en velocidad a la de Almenar de hace años en la lastra, salió disparada de los matojos dando grandes saltos, tal que un guepardo, de forma que en menos de dos segundos desaparecía por el viso sin darme más tiempo que el de intentar encararla, fallidamente. Corrí buscando el hilo de visión desde donde tirarla siquiera un trallazo lejano, pero fue en balde.

Con Mambo galgueándola, estaba a ciento cincuenta metros para cuando conseguí verla galopar a sus perdederos. He de decir que me encantó el encuentro pese a lo infructuoso del mismo. La rubia era de verdad imponente.
Tanto es así, que cambié el plan y luego de una primera revisión minuciosa del escape, di la vuelta obligándome a rebuscarla acequias abajo, con la esperanza de que hubiera detenido su carrera siquiera dos kilómetros después, desechando tal vez el refugio próximo del río.

Tengo que agradecer al Acuarius que pudiera hacerlo, pues ese postrer rato me sentí físicamente repuesto del bajón sobrevenido antes de almorzar. Cuál si hubiera bebido un poderoso reconstituyente, se hizo realidad el slogan famoso de que “Red Bull te da alas”. Quizás fue la adrenalina de la expectativa. Era ella, la bien huida, la que, ciertamente, parecía haber ingerido varias latas tonificantes. No tuve la fortuna de volver a hallarla. En algún lugar remoto o cercano de la inmensa Castilla quedó, fuera del alcance de nuestra vista y olfato. Larga vida, princesa.

Quien no creo que sospechara haber sido divisada en una esquinita del labrado a punto de esconderse en la acequia querenciosa, justo un poco más allá del pinar del amor, fue una hermosa y añeja perdigosa. Distaba trescientos metros cuando la vislumbré queriendo pasar desapercibida. Por un instante, pensé que era la liebre ramoneado sigilosa su ocultamiento. Aguzando los ojos, deduje enseguida que era una altiva perdiz. Y desoyendo el cansancio infinito del alma de mis músculos clamando la compasión de cesar semejantes vía crucis, me dirigí al escondite rodeándolo, para no asustarla tempranamente. Hice el acercamiento de modo cauteloso con el arma en ristre, como bien supondrán.

Lo que ya no querrán creer es que me quedase pasmado al verla empujarse esplendorosa a veinte metros, a favor de viento y en sentido opuesto a la dirección esperada. El cerebro dedujo incorrectamente que estaba lejos. No sé qué sucedió. Supongo que una mezcla de cansancio e hipnotismo ante la ostentación de tamaño poderío. ¡Si hasta le vi el maquillaje, por Dios! Ni siquiera galleó. Me hice pequeño a pesar de montar munición magnum de quinta en el tercero. La fascinación que me asalta con ellas sin saber bien el cuándo ni el porqué. Me atonto igual que con las mujeres hermosas.

Voló un Kilómetro. Miré el reloj. Las 15.15. Tenía un cuarto de hora. El tiempo justo de levantarla de nuevo. El Acuarius seguía activo y, alcanzada la zona a trancas y barrancas peleando contra el golpear inclemente del cierzo, palmeé cada milímetro de espinosas aliagas de los montecillos aledaños a su parada, sin resultado.

Otra señorita más tragada por el páramo castellano. Sea como fuere, hoy lunes, me alegro de que semejantes bellezas sigan vivitas y coleando coquetas. Este jueves será lo primero que haga. Ir a cortejarlas, sin cita previa. Ya imaginarán que basta que estuvieran para que no vuelvan a estar. El mal fario de los cazadores. Los dioses o ellas conceden una oportunidad, no dos. Si no aprovechas su hora tonta, despídete de que vuelvan a tenerla.

Ya digo que fue un día extraño. De esos en los que, salvo el parón comentado, algo dentro de ti intuye donde estará la caza. Salir del coche y dar con el dormidero de un bando de 7-8 royalas fue todo uno. Serían las 8.15 de la mañana, con tres grados sobre cero a los que el matacabras insolente y pertinaz convertía en minus cuatro.

Para no encontrarme con demasiados venadores, eludí los mejores sitios y sobreponiéndome a la fealdad de los silos industriales cercanos, caminé en busca del bando de quince o más avistados en la pre-temporada. Las que brincaron, visto su careo al huir, eran posiblemente “miembras” -que pretenden que digamos ahora- del bando de la escombrerilla de Buberos. Estaban más despiertas que yo. Aun saliendo cruzadas y chorreadas a treinta metros, no me desperecé tanto como para encararlas y zurrarles. Confíe que habría más y así fue. Otro par saltó enseguida, pero ya fuera de tiro.

Estando seguro de que no eran las quince, seguí la ruta trazada sin acertar a ver ningún especímen más. Reanduve lo andado y decidí cruzar la carretera en dirección a las lomitas junto a los escombros y tratar de levantarlas de
nuevo allí. Hice las asomadas como debía, contra el aire, y eso propició toparme con ellas concentradas en un palmo de terreno, resguardadas del huracán, a quince metros de mi repentina aparición.

Apunté justo a la que salió en sentido contrario, y la pinché en la segunda tronada. Plomos del siete. Faltó muy poco para que cayera, pero continuó el agónico aleteo bastantes metros, dándose tiempo a llegar al siguiente montículo, casi en tierra ya. Mambo no logró dar con ella; y yo tampoco, pese a la concienzuda rebusca. Una acequia honda y muy yerbada, lo mismo que todo el derredor, hacía poco probable encontrarla. Diez minutos estuvimos dando vueltas y voces sin percibir el más mínimo rastro o movimiento.

Una especie de camino antiguo con hierbas altas comenzaba allí mismo. Me acerqué por si el ave hubiera sacado las fuerzas precisas. Y resultó que era otra clase de animal quien moraba en el entorno. Desperté a una liebre que, al contrario que yo, debía estar recién adormilada sin lograr desperezar del todo su velocidad muscular.

Circunstancia que me permitió dispararle dos tiros en menos de diez metros. Con el segundo, según cumbreaba y se tapaba, me quedó constancia de haberla apuntado bastante bien y, por ende, la conciencia de que algún perdigón tenía que haberla tocado. Subí presuroso la loma. Mambo lo había hecho bastante antes, y para gran satisfacción, atisbé al lagomorfo trastabillando en mitad del labrado herido de muerte.

Lo que son las cosas, la semana anterior había escrito que el primero que matara una, la enmarcara, puesto que podía ser la única en todo el acotado. Este año he sido el primero en abatir rabona. Lejos estaba de suponer que hoy vería un par. Debe ser que el segado de las pocas fincas de girasoles que restaban, junto con el gradeado o labrado de las fincas, las ha movido y obligado a buscar refugio en los abrojos y tomillos de los serrijones. Yo lo agradezco sobre manera. Me esperanza en que haya más. Ya saben, son la ilusión y el “pan” nuestro de cada día. El complemento ideal. Algo así como la estola de piel en el cuello de las pellizas de invierno de antaño.

Leerán que he cazado sólo. Sin el largo, que tampoco se digna en llamarme. Allá él. Confío en que se le pase. Y como nobleza obliga y la amistad es un bien preciado que merece cuidarse, en su momento, haré lo preciso para restablecer la armonía, pero sin apresuramientos. Debe darse cuenta de que no es el monarca imprescindible de estas tierras y labores.

En el fondo, llevaba demasiado tiempo sin desplegar mi instinto venatorio propio. Siempre teniendo que amoldarse al suyo, tan distinto. Y les aseguro que poder hacerlo es placentero en grado sumo. Cada cazador tiene su sello singular. En todo caso -lo he contado muchas veces-, el mío busca monte más que fincas llanas. Dicen que la vida y el amor en pareja son finitos. Tienen fecha de caducidad porque se evoluciona de forma diferente. Puede ser que éste sea nuestro caso y problema. Qui lo sá…

Pateé a conciencia los estirados serrijones; incluso crucé la otra carretera, conducente a Buberos, para revisar los altos donde, semanas atrás, atisbé media docena, y nada. Ni rastro de todas las levantadas, ni de estas presagiadas. El parón de especies que les he explicado al principio de la narración.

Con el sol en lo alto, me di el gustazo de guarecerme en el vehículo, descansar la espalda del pesado chaleco, tomar un breve amarretako e hidratar a Mambo. Ese tiempo yermo entre las 12.30 y las 13.30 es el que me llevó a la fatiga. Si no es por el refrigerio con uvas, chorizo, chocolate y Acuarius, no la cuento. Falto muy poco para que resolviera dar por terminada la jornada. Cual les he contado, únicamente mi deseo de colgarme una perdiz o dos -disculpen el ensueño- logró prolongarla. ¡A los dioses gracias! Porque los lances que he narrado al comienzo, acontecidos entre las 14 horas y las 15.30, bien merecieron la pena vivirse y contarse.

Constato que hoy han sido cuatro los disparos y dos las piezas tocadas. Mejoro la ratio. Veo que el Trust de séptima con fieltro es el adecuado. Aun así, sigo teniendo dudas de con qué choke trabajar. De hecho, en plena faena, mediada la mañana, he vuelto a poner el tres estrellas largo que, de vísperas, cavilando, había sustituido por el corto. No vean la cantidad de clases de cartucho, marcas y gruesos de perdigón he comprado. Cree el tuerto que el defecto está en los fabricantes de munición

Josu Fernández Alcalde. 68 años. Cazador de menor en Soria. Natural de Eibar y residente en Vizcaya. Descendiente de sorianos. Sociólogo. Profesor Universitario y Escritor. Dramaturgo, poeta y ensayista. Autor del libro “Pasiones y Compasiones de un Cazador del Campo de Gómara” Cazador participante en el Documental de Caza para Trofeo y Canal Plus. (Ver en Vimeo) Perdicero vocacional. Fotógrafo aficionado.

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2 Commentarios

  1. Roberto Coll Alcalde
    1

    Magnífico artículo, digno del mejor escritor. Ánimo y sigue deleitándonos con ellos.

  2. Jokin
    1

    Buena narración,verdaderamente muy interesante!!👏👏👏👏

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Josu Fernández Alcalde. 68 años. Cazador de menor en Soria. Natural de Eibar y residente en Vizcaya. Descendiente de sorianos. Sociólogo. Profesor Universitario y Escritor. Dramaturgo, poeta y ensayista. Autor del libro “Pasiones y Compasiones de un Cazador del Campo de Gómara” Cazador participante en el Documental de Caza para Trofeo y Canal Plus. (Ver en Vimeo) Perdicero vocacional. Fotógrafo aficionado.

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