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Una temporada de estrenos

Una temporada de estrenos

La temporada comenzó, cómo no, con ilusión, ya que sería mi segunda temporada de caza junto a mi padre y mi hermano. En las primeras salidas de caza conseguimos abatir varios conejos, ya que son la pieza principal para la que tenemos los perros y a la que más tiempo le dedicamos.

Transcurridos ya varios días tras los rabicortos, una mañana en la que el tiempo acompañaba tras una lluvia que a primera hora, borraron los rastros de los conejos, decidimos aventurarnos en un cerrado esperando que sonase la flauta con alguna sorda.

Estábamos terminando de atravesarlo cuando mi padre disparó y seguidamente grito “¡Ahí va! ¡Ahí baja!”. Prácticamente a continuación mi hermano y yo comenzamos a escuchar cómo se nos aproximaba algún animal velozmente, metiendo tanto ruido como si fuese alguna pieza de caza mayor a la carrera. Cuando lo cerrado del monte nos dejó ver la pieza, resultó ser una tremenda liebre europea, la cual mi hermano espantó porque se le metía entre los pies, y además no quería tirarle, así que la liebre torció hacia mí.

Para entonces yo ya tenía los nervios a flor de piel entre el tiro de mi padre, el galopar de la liebre, los gritos y gestos de mi hermano para espantarla, y como se preveía, la liebre no tardó en presentarse a escasos metros de mí con Fiti y Fina pisándole los talones. Fue entonces cuando tuve que disparar, demasiado cerca, pero era mi primera liebre y el disparo acertó de lleno. Los podencos que venían tras ella, tan entusiasmados continuaron por encima de la liebre hasta darse cuenta de que habían perdido el rastro. No tardaron mucho en volver, y cobrar la liebre de aproximadamente 5 kilos que acababa de abatir.

Tras las pertinentes fotos, felicitaciones, comentarios y bromas, metimos la liebre a mi chaleco como pudimos y mientras mi padre volvía a casa, mi hermano y yo decidimos probar suerte buscando alguna patiroja. Llevábamos atravesado medio coto cuanto mi hermano avistó un bando de unas doce perdices, de las cuales conseguí divisar donde aterrizaba una. A continuación, decidimos un punto de encuentro y cada uno rodeo por un lado el vallado que nos separaba de las perdices. En ello estaba cuando al asomarme a lo alto de una loma corriendo como un poseso, un poco larga, alzó el vuelo la perdiz anteriormente avistada. Tuve ocasión de dispararle los tres tiros de mi Lanber, alcanzándola con el segundo y tercer tiro, lo que provocó que la perdiz detuviera su vuelo a unos 30 metros de su partida. Entonces, al intentar recargar mientras salía corriendo a cobrar mi primera perdiz tropecé y caí al barro de la finca en la que la perdiz había tocado suelo, previsiblemente herida, pero no muerta. Cuando me recuperé  y pude llegar al pelotazo, comprobé que no se encontraba allí, pero que la podenca cogía rastro, chillaba y se volvía loca por el barbecho.  Se me hizo muy complicado seguirle el ritmo con los 5 kilos de liebre y el cansancio del día a cuestas, pero fue una recompensa bien merecida cuando la cobramos.

La segunda gran jornada la comenzamos yendo a conejo, pero debido a que no tuvimos mucha suerte, volvimos a cambiar el rumbo hacia una buena zona de liebre, perdiz y becada en busca de un poco de suerte. En el lugar donde habíamos estado buscando conejos, ya habían sacado una liebre, a las que por lo general no solemos disparar, pero que sí que nos gusta ver a los perros trabajar con ellas.

Al poco de comenzar a cerrarse el monte, las podencas salieron despavoridas detrás de 3 corzos. Estuvimos un buen rato llamándolas junto a una pista y, cuando al fin volvieron, entraron al zarzal de al lado de donde habíamos estado llamándolas a gritos y sacaron una liebre que se estampó literalmente contra el lomo del “spaniel” que se interpuso en su carrera. La liebre reaccionó antes que el perro, como buen animal salvaje y siguió su huida mientras la animaba a correr, ya que las podencas volvían a estar realmente cerca tras el choque.

Sé que a muchos les parecerá extraño que no tiremos a las liebres normalmente, pero llevamos unos años con la sensación de no haber muchas liebres, y solo les tiramos de vez en cuando para recompensar a los perros.

Como si la naturaleza pretendiese recompensarnos por este gesto, apenas 20 metros más adelante del encame de la liebre la naturaleza nos dejo ver dos sordas, de las cuales una abatió mi hermano y la otra fue a parar a un cerrado cercano. Mientras saltaba un zarzal para intentar llegar a ella, me quedé enganchado y ella aprovechó para volver a volar, y como es lógico, la fallé. No era el momento de desistir, por lo que continué en su búsqueda hasta hallarla en un cerrado cercano donde pude abatirla al primer tiro y comenzar a dar botes de alegría por mi primera sorda.

Tras las celebraciones que vinieron de seguido, perdonamos la vida a otra tremenda liebre europea que saltó de un enebro según nos aproximábamos, y decidimos mirar otro pequeño cerrado que teníamos delante. Mi hermano iba por el medio cuando le salió otra becada de los pies, que él no tiró y yo tampoco, para intentar que fuese nuestro padre quien disfrutase de su correspondiente lance ese día. Debió ser tentar demasiado a la suerte, ya que después no pudimos encontrarla.
En cambio sí que topamos con otra liebre, tras el rastro de la cual llevaban los perros un buen rato. Cuando saltó, y al ver que se dirigía hacia mí, mi padre, en el día de su cumpleaños me gritó “¡tírale! ¡tírale!”. Entonces, encaré mientras ella cruzaba un matorral frente a mí, y la pude cazar de un disparo certero de perdigón del 8.

De regreso a casa, los tres íbamos muy contentos con la jornada, especialmente yo,  con una sonrisa de oreja a oreja por haber abatido mi primera becada y por haber avistado tantas liebres que esperemos críen bien para la temporada siguiente.

  

                                           

    

La última jornada, decidimos comenzarla yendo a perdiz tan solo mi hermano y yo. Al principio caminamos sin mucho éxito por las laderas cercanas al pueblo, que dicho sea de paso estaban totalmente congeladas.

Al llegar al final de una de éstas, se levantó un bando de 10 ó 12 perdices, lo cual fue una muy buena cantidad para los últimos días de la temporada de diciembre. Intentamos seguir su vuelo, pero se perdieron en el espesor del monte y no tuvimos suerte en su posterior búsqueda, por lo que decidimos ir hacia unos montes muy difíciles de andar al ritmo que la perdiz requiere.

Al llegar al último alto, y estar bajándolo, otro bando de unas 16 perdices me salió largo. Casi todas volaron al coto vecino, mientras que tres pasaron por encima de mi hermano, y no pudo abatir ninguna por no funcionarle la escopeta debidamente.

Conseguí avistar a donde se dirigieron dos de ellas, a dos altos de distancia, los cuales crucé a una velocidad endiablada con intención de que nos saliesen a mí o a mi hermano. Al llegar, no salió nada en el lado del monte donde yo estaba, pero recordé que un amigo me dijo cómo hacer que levantasen el vuelo si se encontraban escondidas. Me comentó que imitando el vuelo de una perdiz, ellas creyendo que el resto del bando alzaba el vuelo, también volarían. La cuestión es que decidí probarlo y dos de ellas volaron fuera de tiro. Mientras tanto, en el otro lado del alto, mi hermano dio con otra perdiz, pero su escopeta volvió a fallar.

Entonces decidimos ir a casa a cambiar de escopeta, y de regreso pudimos ver varias perdices más que se levantaban largas a nuestro paso. Una vez hecho el cambio, decidimos sudar la camiseta de nuevo sobre los altos donde habíamos andado tras el bando de 16. Habíamos atravesado dos o tres altos cuando una salió de una vaguada y mi hermano consiguió alcanzarla. Si ya lo estábamos pasando bien, la mañana empezó a enderezarse a la vez que las fincas se deshelaban y se hacía realmente duro atravesarlas.

Mientras cambiábamos de zona, atravesando una larra entre varias fincas, el “spaniel” comenzó a coger un rastro de perdiz, pero se alargó, y mientras me acordaba de la obediencia enseñada al perro, sacó una perdiz fuera de tiro. No obstante y por si acaso, corrí hacia él, y cuando llegué me lo encontré detrás de un montículo en lo que parecía una muestra rara y no muy fiable, la cual rompió nada mas aproximarme, saliendo una perdiz de sus morros. Tuve la suerte de abatir la perdiz, y tuve que correr para llegar antes que la podenca a donde había caído, para evitar que ésta pudiese estropearla con su boca un poco dura.

Tras estos lances, y ya sin tanto ansia por correr detrás de las perdices, contentos, levantamos otro par de patirojas que dio gusto ver lo lejos que pueden volar sin despeinarse. Más adelante dimos con otra que mi hermano intentó abatir sin éxito con los 3 tiros de la repetidora (que no era la suya) en un  lance muy difícil.
Cuando los dos volvíamos a casa abatidos, y en un último esfuerzo, nos dirigimos a una ladera a la que mi hermano iba a asomarse, y yo debía llegar al medio de una pieza embarrada para cortar el vuelo de las perdices que pudieran salir. Lo que ocurrió fue que las piernas no daban más de sí, y no conseguí llegar a tiempo, así que me tuve que contentar con ver cómo la perdiz volaba exactamente por encima de donde yo debería estar. Aún me encontraba a 100 metros del sitio, que parecen pocos, pero que se convierten en una odisea en una finca recién deshelada y con el cansancio del día acumulado.

Éste fue el último día de una temporada de caza menor muy especial y bonita para mí, en la cual he abatido varios conejos, y mis primeras liebre, perdiz y sorda. También estuve contento por haber sabido perdonar la vida a varios gazapos de conejo y a las liebre, por lo que ya he comentado antes.

Ahora esperaré a que se vaya la nieve para poder seguir el rastro de alguna becada en enero.  Y esperando que os hayan divertido estas jornadas de caza que os he contado, aprovecho para deciros que estoy buscando una cachorra de “setter” que poder iniciar en la caza, por lo que si alguien sabe de alguna, puede ponerse en contacto con Patricia en el periódico digital desveda@desveda.info.

Muchas gracias por dejarme compartir mis vivencias en esta magnífica web.

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