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Lance y Respeto

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Vamos a tratar hoy los tiros largos -esos que algunos cazadores denominan los de por si acaso-. Una práctica a la que no conviene aficionarse. Los cazadores nos quejamos frecuentemente de las supuestas regresiones de ciertas especies aduciendo causas ajenas a nuestra intervención: desforestaciones, herbicidas, pesticidas, roturaciones, predación y un sinfín de causas que afectan a la estabilidad de las poblaciones de muchas aves. Sin embargo, olvidamos las consecuencias que se derivan de disparar fuera de la distancia lógica y letal. Me estoy refiriendo a las piezas heridas que no se cobran y que, por desgracia, no tienen provecho salvo para los raposos y las aves de rapiña. Esta pérdida inútil se debe, muchas veces, a la inexperiencia de algunos cazadores, que ignoran el alcance de la munición, y al egoísmo de intentar hacerse con la pieza de la forma que sea, sin valorar el lance. El recuerdo agradable de un tiro afortunado, que todos hemos podido anotar entre nuestros éxitos, hace olvidar los fracasos sufridos -mucho más numerosos-, y esto lleva al cazador a reincidir en su intento. Los aficionados que tienen cierta edad y que han conocido a viejos colegas recordarán sus consejos nacidos de la experiencia, sobre el rendimiento que se puede obtener de las armas. Un ejemplo: siempre hay que tener en cuenta que el perdigón de mayor diámetro es más eficaz que el de menor tamaño y que ambos difieren también en el número de proyectiles que hieren al animal. Es preciso advertir también que la probabilidad de matar a una perdiz es mayor si se le infligen diez heridas que si se le alcanza con cuatro o cinco perdigones con más fuerza y mayor diámetro. En cuanto a los tiros afortunados debido a dos o tres proyectiles, son muy raros, por lo que hay que reconocer que el disparo está a merced de lo fortuito, cualquiera que sea el precio del arma, la excelencia de sus municiones o la destreza del tirador. Sin embargo, podemos hacernos una idea de cómo llegan a coincidir los proyectiles considerados eficaces y cuál es su efecto. Los que guardan menos distancia unos de otros alcanzan el lugar apuntado; el resto resulta ya totalmente inútil, ya que un pequeño retraso o una distancia mal calculada situaría al animal en lo que se denomina periferia de un blanco fijo, un punto con menor concentración de elementos mortíferos. El límite máximo para que un perdigón del seis llegue con la fuerza suficiente y rompa los huesos largos o más gruesos de una perdiz ronda los 50 metros. Ante estas argumentaciones, la primera reacción de algunos cazadores será exponer las piezas cobradas a distancias superiores a las recomendadas. Pero, si hacen un recorrido mental de las zuladas a esas distancias y de las piezas heridas y o cobradas, verán cómo la balanza se posiciona con decisión al lado de los bolos. Todos sabemos que no es fácil contenerse, pero el buen sentido aconseja hacerlo: evitaremos, entre todos, muchísimas pérdidas que podrán darnos en el futuro gratos momentos de esparcimiento. Eso, sin olvidar que no dejaremos heridos a unos animales, mermados en su defensa, a merced de sus enemigos naturales y en un estado de sufrimientos.

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Redacción Desveda

Redacción periódico digital Desveda #caza #pesca #tirodeportivo #rural #naturaleza

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